Atlas de toponimia del valle de Rodellar y alrededores (volumen I), de Enrique Salamero

04.04.2015 14:50
A Enrique Salamero Pelay no se le puede presentar, sería además pretencioso, siendo además amigo de Óscar Ballarín, coautor de los libros de San Úrbez tantas veces comentados en estas páginas. 
 
No obstante, para las personas que no conozcan sus actividades, solamente queremos indicar que es una amante de la sierra de Guara, desde hace muchos años, cuyas actividades personales y profesionales han girado alrededor de ella desde siempre. Suya fue, entre otras, la novedosa guía de barrancos de Guara subtitulada "Sierras de Piedra y Agua", sobre la que no decimos nuestra opinión, sino la de otro amante de la sierra, el austríaco asentado en el Valle de Tena Boby Hayderer: "...para mí el mejor libro de montaña jamás escrito". Específicamente fascinado por la balle de Rodellar, a la que dedica un blog (http://rodellar.blogspot.com.es/) de los que están escritos con el corazón, para dar cabida y salida a la pasión que siente, y no para aumentar el número de visitantes al blog para presumir, y eso se nota.
 
Trajimos a estas páginas a Enrique cuando dedicó una preciosa reseña a nuestros libros. No es pago, sino justa y aún insuficiente contraprestación, el colaborar a difundir modestamente  el primer volumen de un cd con información en pdf que ha sacado, no al mercado, puesto que la finalidad no es vender, sino al interesado, cuya finalidad es fijar una parte de las investigaciones que durante años Enrique ha hecho sobre la balle de Rodellar, en este caso en lo que respecta a toponimia. "Valle de Rodellar y alrededores. Atlas de toponimia. Una pequeña histora del lugar a través de sus nombres", es su título.
 
La devoción a San Úrbez en el antiguo ayuntamiento de Rodellar era y es muy fuerte, acudían al Santuario de Nocito, el último cuestador o santerio de Nocito fue Serafín Javierre Cebollero, precisamente de casa Manuel de Rodellar... El banco que se sitúa en el lado del Evangelio en el altar mayor del citado templo tiene cuatro puestos, cada uno con una letra, para las autoridades: "S" para Sarrablo, "N" para Nocito, "A" para Angués, y "R" para Rodellar.
 
Abajo, banco de autoridades de San Úrbez de Nocito. "R" en primer término.
 
Abajo, relación de lo aportado por el pueblo de Rodellar en 1942 al limosnero de San Úrbez (entrada completa aquí)
 
Abajo, capilleta que portó el último cuestor en sus itinerarios limosneros. Cortesía Museo de Serrablo de Sabiñánigo.
 
Abajo, portada del CD.
 
Este primer volumen se ocupa de los barrancos, bloques, cuevas y gradones. El nivel de profundidad es el esperado: abisal. Son pocos los topónimos que recoge que no ha podido localizar, siendo además consciente de la edad y situación física de los informantes, con imposibilidad además dado lo quebrado del terreno de acompañarlo. Muchas horas en el monte, ante los informantes, y ante el ordenador, están condensadas aquí. Por ejemplo, se recogen en todo el Balced (sí, es muy largo, un corte norte-sur de varias decenas de kilómetros) nada más y nada menos alrededor de treinta cuevas. El propio Enrique reseña este trabajo en su blog aquí
 
Abajo, contraportada del CD.
 
El sistema de fichas usado es muy útil, ya que recoge tanto mapa, como ortofoto con las acotaciones necesarias para la localización, como utilísimas fotos del autor convenientemente interpretadas. Si alguien está interesado en conseguirlo, que visite el blog y contacte con el autor.
 
Abajo, ejemplo parcial de ficha, cueva A Cuasta en Balced. Ortofoto interpretada.
Abajo, ejemplo parcial de ficha, cueva A Cuasta en Balced. Foto del autor interpretada.
 
Abajo, ejemplo parcial de ficha, cueva A Cuasta en Balced. Foto del autor interpretada.
 
Por último, y con permiso del autor, no nos resistimos a traer aquí la introducción que el propio Enrique hace a este Atlas de toponimia de la balle de Rodellar y alrededores. También traemos, después, "¿por qué mantener los nombres de lugar?" por su interés y por reflejar al cien por cien también nuestra manera de pensar.
 
 

Introducción

 
"El Valle de Rodellar es, desde hace mucho tiempo, nombrado por viajeros e investigadores que, de una u otra manera, se han ocupado de este lugar en el transcurso de sus viajes. Los más conocidos de todos ellos no faltan entre los más ilustres de la historia del pireneismo: Lequeutre, Saint-Saud, Tissandier, Briet… Afortunados ellos que conocieron un lugar esplendorosamente vivo. Pasaron por aquí algo después de que el oscense Lucas Mallada publicara en 1878 sus Memorias de la Comisión del Mapa geológico de España. Descripción física y geológica de la provincia de Huesca. Décadas después llegaron Paul Minvielle y su hijo Pierre, ellos dieron inicio al turismo en la “Sierra de Guara”. En los dos últimos decenios del siglo XX el barranquismo catapultó a la fama el Valle de Rodellar. 
 
Este trabajo recoge la toponimia mayor y menor de una región extensa y muy abrupta situada inmediatamente al este de las altas cimas y planicies que conforman la propiamente hablando Sierra de Guara: el Valle de Rodellar y sus alrededores inmediatos, en concreto las cuencas de los ríos Alcanadre, Mascún y Balcez a su paso por este macizo montañoso que constituye la más meridional de las Sierras Exteriores Prepirenaicas.
 
No se trata de un simple inventario, un listado de nombres de lugar. Muy al contrario, se persigue una doble finalidad:
 
1. Situar cada topónimo con precisión en el terreno.
2. Contar algo, aunque sea de manera sucinta, concerniente a cada lugar.
 
Pensamos que es la única manera de mantener con vida la memoria rescatada. Si sabemos donde está la volveremos a utilizar, si sabemos algo de ella conoceremos mejor el lugar. Sin duda se nos escapan algunos lugares pese a lo exhaustivos que hemos querido ser. En algunas zonas muy concretas no hemos podido indagar mucho todavía.
 
A lo largo de estos años hemos encontrado las dos dificultades mayores que caracterizan estas búsquedas:
 
· La edad de los informadores
· El estado actual, poco fácil de transitar, del monte.
 
Respecto a la primera tenemos la gran suerte de contar con la amistad y la siempre buena disposición de todos los participantes.
Respecto a la segunda el mal ha sido menor gracias al tiempo dedicado durante muchos años al conocimiento del terreno.
 
A menudo volvemos a casa con los brazos y las piernas completamente arañados y enrojecidos. Son el precio a pagar por recorrer un monte que ya no limpia ni el ganado ni los carboneros. Sin embargo, no pasa una sola vez que no encontremos restos de todos ellos. Hay que buscar, mirar para poder ver. Y recordar que, si sabemos buscar y mirar es por todas y cada una de las vidas que nuestros amigos del valle han vivido por aquí y tan amablemente nos han contado, ellos o sus sucesores. Nunca vuelve a verse el monte de la misma manera cuando se conoce lo que allí ha pasado, por más abandonado que esté.
 
El que escribe estas líneas no es ni lingüista ni pastor. No pretende elucubrar sobre el significado de las palabras. Tampoco entiende gran cosa de ganado. Pero de unos y otros sigue la pista y procura no perderla. Por ello ejercita el noble arte de pincharse en el monte y revolver en los papeles. Largo tiempo dedicado a ambos, tiempo de hormiga a lo largo de los años, desde 1988. Y no el tiempo sino la edad me separa de las personas que me han guiado con sus palabras, las piernas de unos ya solo pueden seguir las fotos y las preguntas del otro. De estas y de esas han salido lo que aquí se puede ver y leer."
 
 

¿Por qué mantener los nombres de lugar?

 
"Somos las personas quienes ponemos nombre a las cosas. Necesitamos referenciar el territorio para podernos explicar. Sabemos que los usos cambian con el tiempo, incluso difieren en una misma época de un lugar a otro. La toponimia, a fin de cuentas, siempre será pasajera, transitoria. Es un concepto vivo que muta con las poblaciones. Incluso en nuestro tiempo, lo comprobamos constantemente con el uso recreativo-deportivo del medio natural, bautizamos y cambiamos ignorantes del pasado. ¿Por qué este afan en recuperar, en intentar fijar lo que per natura no lo es?. Quizá se trate precisamente de eso, de no dejar perder la memoria. De no olvidar un pasado que la vorágine actual ya no contempla. De salvar lo poco que va quedando de unas raices que, entre el cemento primero y el mundo digital después, ya no encuentran camino. También pienso que la estima por las cosas, por las personas que confían una buena parte de su pasado, es lo que al final humaniza definitivamente la curiosidad inicial. Es la mejor valoración posible para recuperar lo que probablemente se vería como un museo de objetos perdidos o inservibles. 
 
Todos los informantes son normalmente gente callada a estos respectos. Conocen los nombres pero no los hacen valer. Mantienen tanto la prudencia secular como una resignación ante la pérdida por el desuso general del monte. Pero no conozco ninguno que, en un momento u otro, no me hayan dicho lo mismo: “ahora cambian o se inventan los nombres”. ¿Se borra el pasado cuando no se conoce?. Los nombres de lugar son los últimos clavos que fijan cierto tipo de pasado y que permiten cierta forma de educación en él. ¿Cuántas de las personas que descienden las “Cascadas de Peña Guara” del “Mascún Superior”, que pasean por las “Crestas del Balcés” o escalan en la “Piscineta”, saben lo que allí mismo pasaba hace cincuenta años?. El señor Antonio de Arilla, hace ya años, me decía intentando mostrar lo que se perdía: “todo tiene nombre”. Cada topónimo tiene un pasado detrás, no solo su significado sino, sobre todo, una historia de personas y hechos. Una permanente sucesión de pequeñas historias que hablan del territorio. Y asi, a partir de aquí, el monte ya nunca vuelve a ser el mismo.
 
Un señor, ya mayor, se acerca a la barra del bar de Casa Tejedor y saluda con familiaridad a los propietarios, más jóvenes que él. Detrás, en las mesas, no es infrecuente encontrar grupos de personas de origen cosmopolita. Hablan de su vida de ciudad, también de lo que acaban de ver y hacer hace unas horas: barranquismo, senderismo, escalar. No parece haber otra apreciación que la del ejercicio físico o las aptitudes deportivas. Sin embargo, a escasos metros, el señor mayor calla. No necesita prestar una atención continuada a conversaciones en el fondo permanente repetidas e iguales. Entre unos y otros hay una barrera habitualmente infranqueada. No es infranqueable, las personas de edad de este valle son abiertas a explicar su pasado, pero practicamente jamás nadie del lado actual da el paso. Unos y otros representan mundos diferentes. Y sabemos que uno de ellos desaparece inexorablemente… Este señor mayor sabe muy bien lo que es la aptitud a los abismos y cómo sus iguales también escalaban, y con grandes riesgos, no lejos de allí en el impresionante Saquillón d’a Calma. Sabe muy bien qué es eso del barranquismo de ahora, él y otros como él remontaban la “Peonera Superior” en felices dias de pesca. Seguramente sonríe al pensar cómo las contínuas y trabajosas jornadas de “campar por el monte” hoy pasan por un sano senderismo. Cuan cerca y lejos están las personas sin curiosidad." 
 
A su vez en el blog Enrique referencia este artículo en una bonita entrada, con fotografía, además, de la ubicación de casa Manuel en el barrio de La Honguera de Rodellar.